Cada año surge el mismo dilema: organizar un evento de team building al que la gente de verdad quiera asistir. No una obligación que hay que cumplir, sino algo de lo que todavía se hable el lunes. En los últimos tres años el pádel se ha convertido en esa respuesta para muchas empresas, y hay buenas razones para ello.
1. Todo el mundo puede participar, sea cual sea su nivel
El golf tiene una barrera baja una vez que llevas doce años jugándolo. El pádel tiene una barrera baja para todos. La combinación de una pista más pequeña, bolas más lentas y paredes que mantienen la bola en juego hace que los principiantes estén peloteando en diez minutos. Alguien que nunca ha sostenido una pala deja de sentirse completamente perdido después de un solo calentamiento.
Eso es crucial para el team building. Si el jugador con más experiencia machaca sistemáticamente a todos los demás, socialmente es contraproducente. En el pádel el formato nivela por sí solo las diferencias de habilidad, sobre todo si optas por un Americano en el que todos juegan con todos y contra todos.
2. El formato obliga a colaborar
El pádel siempre es dobles. Siempre necesitas un compañero. Suena sencillo, pero tiene un efecto directo en la dinámica. Te comunicas constantemente: quién va a por la bola, cuándo subir a la red, cómo cubrir la pista. Esa conversación ocurre entre compañeros que quizá apenas se conocen, y desarma.
La gente vuelve rápidamente a los comportamientos de oficina cuando la sientas detrás de una mesa. En la pista de pádel la jerarquía desaparece más rápido. Un directivo que trabaja su revés y necesita la ayuda de un becario para lograrlo se convierte de repente en un compañero de equipo más.
